miércoles, 31 de julio de 2013

Tarde erótica

Incomodidad. Así se sentían mientras esperaban la eterna (para nosotros los impacientes) ruta de bus que les acercaba a su origen. Es esa sensación en la que imaginariamente hay un tema presente en las consciencias de ambos que no se hace evidente en palabras, pero que cuando se miran el uno al otro se descubre ante ellos en sus miradas, es esa expectativa de ambos ante algo por suceder. En esa incomodidad está presente el temor de que algo resulte mal, de que no sucedan las cosas como se espera, de no cometer algún error de palabra o de actos que genere molestia en el otro y que por ende se dañe lo pensado (no hablado, no manifestado)... así que ante la espera optaron por hablar del tema favorito de ambos: su pequeño hijo. Empezaron a describirse las situaciones cotidianas vívidas con él en los últimos días, esas tiernas experiencias que les inspira ese ser maravilloso y que en ambos produce fuertes carcajadas, divertidos recuerdos y amorosos pensamientos dirigidos hacia el ausente. Las risas compartidas minimizan la sensación anterior y empiezan a generar seguridad en ambos, sin embargo el temor aun está presente. Al arribar el transporte y mientras llegan a su destino (por fortuna cercano) hablan de un tema de coyuntura actual: los juegos de palabras. En todo caso la incomodidad se ha ido, pero la expectativa y el temor crecen al acercarse cada vez mas a Samba, el motel.

Ingresan al lugar, a simple vista se evidencia pulcritud extrema, limpieza por doquier, amplios espacios blancos, blanquísimos, que hacen contraste con unos grandes cuadros de colores vivos, un delicioso silencio interno perjudicado por la fuerte contaminación auditiva producida por una de las principales autopistas de la ciudad y una extraña soledad que es interrumpida al divisar a la recepcionista, una mujer morena, bien peinada y de ojos brillantes que se encuentra sentada detrás de una ventada de vidrio. De los agujeros del vidrio que separa a la recepcionista de la pareja, sale con fuerza un desagradable olor impulsado por el aire acondicionado: todo parece indicar que antes de llegar la pareja, la mujer desprevenidamente liberó su trasero. La recepcionista les brinda la información sobre costos y disponibilidades, previamente revisadas por la fémina festiva de la pareja en la página web del sitio; cada palabra de la empleada era fuertemente escuchada por la pareja, pues hablaba a través de uno de esos micrófonos que usan en la taquillería de los cines, que amplían y transforman terriblemente el sonido de la voz. Por suerte ni el gas ni el micrófono fueron impedimentos para finalizar la transacción: algo de dinero por unas horas (cuatro por ser entre semana) de lecho. Una vez pagado, nos entrega la tarjeta con la que podemos ingresar a la habitación 406.

Ingresan al ascensor, el silencio de la avenida se escucha cada vez menos y empieza a hacerse mas evidente el rico/feo olor a ambientador típico de los moteles. El silencio de la pareja se ve interrumpido por la frase "esto parece más un edificio de oficinas" que dice el hombre, ante la cual la mujer asiente afirmando. Ella encuentra el cuarto, él inserta la tarjeta en la ranura ubicada debajo del mango de la puerta, la puerta se abre y ante ellos se encuentra una enorme y hermosa habitación. Antes de hacer el recorrido habitual por el que será su lugar de confort en las próximas horas, se entretienen con la tecnología empleada pues descubren que para encender las luces, el TV, el aire y el radio, la tarjeta debe introducirse en un lugar al pie de la puerta ¡cuánta tecnología! Como es costumbre él le explica a ella, superficialmente, cómo funciona ese sistema y ella se muestra sorprendida de ello, ante lo que le surge la pregunta que "si hay tanta tecnología para encender las luces, cómo se garantiza que no hayan cámaras ocultas que graben los encuentros erótico-amorosos de quienes asisten a ese lugar". Ante ello él, con la audacia que le caracteriza, responde que en ningún motel hay garantía de eso, con o sin tecnología.

Junto a las luces se enciende el TV, un plasma de 42" que, como es de suponerse, se encontraba sintonizando un canal pornográfico en el que se ve la típica escena de una voluptuosa rubia practicandole sexo oral a un hombre; curiosamente el primer plano era para la mujer quien fingía disfrutarlo pues al hombre únicamente se le veía el falo. Nada excitante para la pareja. Nada excitante para nosotros tampoco, o bueno al menos para mi.

Continuará...